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La única razón para redactar un discurso es cambiar el mundo


Un amigo mío redactor de discursos solía decirme que la única razón para elaborar un discurso es cambiar el mundo. Era su manera de decir que si vas a tomarte toda la molestia de preparar y pronunciar un discurso, por lo menos que sirva de algo. Que cambie el mundo. De lo contrario, ¿por qué molestarse?.

Preparar discursos, escuchar discursos, cada una de estas actividades está llena de peligro. Las posibilidades de que un discurso fracase son muchas y las de que sea un éxito pocas en comparación. Un estudio citado a menudo indica que los ejecutivos prefieren morir que hablar. Entre todos sus miedos, el hablar en público es el número uno y la muerte está muy por debajo de la lista, justo antes de la guerra nuclear. Esto explica por qué muchas veces dejan la tarea de preparar discursos hasta el último minuto o la delegan a otro.
Si los discursos son tarea difícil para los presentadores, también lo son para sus audiencias. Muchas presentaciones resultan terriblemente aburridas, no son más que perogrulladas dichas con una falta de entusiasmo asombrosa. La gente no suele recordar lo que aprende de los discursos, a veces sólo recuerda entre un 10 y un 30 por ciento. En
algunas charlas empresariales a las que he asistido, el índice de fracaso podría estar cercano al cien por cien.

¿Cuántas veces le ha ocurrido que estando en una presentación, su mente ha empezado a divagar y a pensar en otras cosas ajenas a ella? ¿Cuántas veces en medio de una presentación ha empezado a preparar y planificar su agenda del mes siguiente? ¿Cuántas veces ha acabado una presentación conociendo mejor la disposición de las tejas del techo que los puntos comentados durante el discurso?
¿Por qué molestarnos entonces en preparar discursos? Por las interesantes experiencias que los presentadores apasionados pueden ofrecernos. Hay algo de atractivo en el hecho de reunir a gente en una sala y comunicarle una serie de ideas que usted tiene «en vivo y en directo».
Hay algo de esencial en las conexiones intelectuales, emocionales y físicas que no se producen a través de una página impresa .Hay algo de poderoso en la química que emana en el momento del contacto y que ningún otro medio puede reproducir. Esto es lo que yo denomino la «conexión quinésica». Es algo que he observado durante más de diecisiete años de enseñar y entrenar a la gente a hablar en público. Cuando se produce esta conexión quinésica es maravilloso. Cuando no, todo el mundo lo nota, hasta el conferenciante más desventurado.

La necesidad de hablar es inagotable

Seguimos necesitando oradores, gente que anime a la audiencia a actuar. Una persona podrá llegar a creer en sus ideas leyéndolas en un papel, pero sólo le convencerá para actuar si llega a confiar en usted a base de escucharle y verle ofrecer una solución a su problema particular. Esta clase de confianza, que es visceral y al mismo tiempo intelectual y emocional, sólo se consigue con la presencia física.
Desde el punto de vista de la audiencia, seguimos necesitando validar nuestra intención de actuar observando a nuestros líderes, comprobando el significado de sus mensajes y la integridad de sus personas. En cierto modo estamos leyendo sus mensajes no verbales, sus gestos y hábitos que aprendemos a interpretar casi siempre de una manera inconsciente. En parte, estamos comprobando si son capaces de estructurar y presentar sus ideas de una forma coherente en tiempo real, unas habilidades que nos dicen lo organizados que son. Y en parte, estamos intentando encontrar algún sentido de humanidad común con el orador para poder compartir con él su pasión

Para triunfar en una presentación ha de llegar a su audiencia tanto con su cabeza como con su corazón.

Hablar en público es una actividad humana mixta, ya que en ella participan tanto el aspecto intelectual como el emocional. Exige claridad de pensamiento y buena técnica. Utiliza tanto el cuerpo como el cerebro. Y lo que es más importante, se ha de preparar y ejercitar, es decir, existe en la teoría y en la práctica. Uno no puede «pensar» un discurso.
Para que sea un discurso tendrá que haber una audiencia a la cual exponer la presentación. Los griegos ya lo sabían. Sus análisis sobre los requisitos para ser un buen orador, prestan atención tanto a la estructura del relato como a la actuación en el sentido más amplio.
Empecemos, pues, con una serie de consejos prácticos tanto para noveles como para expertos. Siéntase libre de aplicar aquellas partes que le sean más útiles. Los principios generales se aplican a toda clase de discursos, como ya he dicho, pero quizás no tenga que
practicarlos de la forma que yo recomiendo. Es cosa suya. Esto es un libro, no un discurso, pero también me gustaría que estuviera centrado en la audiencia lo máximo posible.
En la primera parte aprenderá, por medio de una breve historia, por qué funcionan algunas cosas y cuándo un discurso está mal preparado.
Después presentaré un método centrado en la audiencia que le permitirá estar por encima del nivel normal de presentaciones y presentadores.
En la segunda parte le enseñaré a preparar el contenido. Muchos de los que enseñan a hablar en público le dirán que lo importante es concentrarse en su vestimenta y en la sonrisa. Pero a la gente que acude a una presentación lo que le interesa es el contenido y, por tanto, éste debe ser el adecuado. Tendrá que ofrecer su charla respetando la necesidad de la audiencia de tomar una decisión acerca del argumento que usted le está presentando. Para ello, yo le ofrezco un proceso que empieza por conocer a la audiencia y elaborar un discurso adaptado a ella. Después trataremos las necesidades psicológicas de la audiencia, encontraremos una historia que encaje en el evento, estructuraremos el contenido de manera que tenga sentido para los asistentes.
En la tercera parte hablaremos de cómo ensayar la presentación que hemos desarrollado. Le mostraré la forma de enfocar determinados aspectos del discurso para encontrar la verdad. Hablo de cómo escenificar su discurso quinésicamente, de tal manera que utilice su cuerpo para reforzar su mensaje y no para desvirtuarlo, como hacen
muchos oradores. Nos fijaremos también en lo que la audiencia necesita en términos de aprendizaje visual y acabaremos con algún consejo para la tensión nerviosa y alguna información técnica.

Por último, en la cuarta parte, le daré algunos consejos para el día
de la presentación, cómo calmar los nervios y maximizar su actuación. Hablaré de cómo conseguir que la energía de la audiencia trabaje a su favor. Y acabaré con un capítulo sobre una variedad de temas relacionados con hablar en público, como las sesiones de preguntas y respuestas, los medios de comunicación o las videoconferencias. Cuando
haya terminado de leer el libro estará preparado para enfrentarse al desafío de hablar en público y sabrá cómo centrar su discurso en la audiencia.
Una breve anotación sobre la terminología: muchos empresarios hacen una clara distinción entre «discurso» y «presentación». Para mucha gente, el primero es algo muy importante mientras que la presentación hace referencia a alguna cosa más informal, quizás una charla con compañeros o empleados. Parte del argumento de este libro
se basa en que no hay una verdadera diferencia entre ambos. Siempre se aplican los mismos principios independientemente de cual sea el número de personas de la audiencia. De hecho, es más fácil aplicar estos principios a pequeños grupos que a grupos numerosos. Yo, pues, utilizaré los dos términos indistintamente.

Recuerde
—La única razón para elaborar un discurso es cambiar el mundo.
—Los discursos efectivos animan a la audiencia a actuar.
—Los oradores efectivos escuchan a la audiencia.
—El carisma viene de la habilidad de ser emocionalmente expresivo.
—Para que un discurso sea exitoso hay que encontrar una conexión
quinésica con la audiencia.

Fuente: www.gestion2000.com/pdflibros/9711997.pdf

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